El acoso escolar ya no necesariamente termina cuando un estudiante sale del colegio. El celular, las redes sociales, los grupos de mensajería y los videojuegos pueden hacer que una agresión continúe durante las 24 horas y llegue incluso hasta la habitación de la víctima, eliminando la sensación de contar con un espacio seguro.
“Si el acoso entra por la pantalla, la víctima puede sentir que no hay descanso ni refugio. Y esa sensación de no tener salida es uno de los puntos psicológicamente más peligrosos”, explica Mariola Fernández, psicóloga y docente de Universidad Europea.
A diferencia del acoso tradicional, el entorno digital dificulta establecer una pausa. Una fotografía, un video, un comentario o un rumor pueden circular rápidamente y la víctima pierde el control sobre quién los ha visto, quién los ha reenviado o hasta dónde pueden llegar. Esa incertidumbre puede aumentar la ansiedad, la vergüenza, el aislamiento y la sensación de indefensión.
Para Isabel Hernández, directora del Departamento de Psicología de Universidad Europea de Andalucía, esta exposición permanente puede mantener al adolescente en un estado de alerta constante y provocar problemas de sueño, dificultades de concentración e irritabilidad. Además, la adolescencia es una etapa especialmente sensible porque la identidad y la autoestima todavía están en construcción y la aceptación social tiene un peso significativo.
“La percepción de que ‘esto nunca va a acabar’ puede ser mucho más peligrosa que la propia magnitud objetiva de lo ocurrido. Nuestro trabajo como adultos y profesionales es ayudar a romper esa sensación de irreversibilidad y devolverle a la persona alternativas, protección y control sobre la situación”, señala Hernández.
Las señales también están en el celular
Las expertas recomiendan prestar atención a cambios bruscos en la relación del adolescente con su teléfono: dejar de utilizarlo repentinamente o revisarlo compulsivamente, mostrar ansiedad al recibir notificaciones, ocultar la pantalla, borrar cuentas, cambiar contraseñas o evitar determinados grupos o compañeros. A estas señales pueden sumarse aislamiento, tristeza, irritabilidad, insomnio, abandono de actividades, descenso del rendimiento académico o miedo a asistir al colegio.
El aislamiento merece especial atención. Fernández explica que no solamente deja a la víctima sola, sino que puede privarla de otras perspectivas frente a lo que está viviendo. Familiares, amigos, profesores y profesionales pueden convertirse en una red de protección que ayude a recuperar la sensación de seguridad y a encontrar alternativas.
Cuando aparecen expresiones relacionadas con querer desaparecer, no poder continuar o sentirse una carga, deben tomarse en serio. También requieren atención cambios extremos de ánimo, despedidas inusuales, aislamiento repentino o comportamientos que sugieran riesgo de hacerse daño.
Hablar de suicidio no significa “dar ideas”
Uno de los mitos que las especialistas consideran necesario desmontar es que preguntar por pensamientos suicidas pueda inducirlos. Por el contrario, hablar de manera directa, cuidadosa y sin juicios puede ayudar a identificar sufrimiento que permanecía oculto y facilitar una intervención temprana.
“La primera respuesta no es discutir, convencer ni sermonear. Es quedarse cerca y prestar apoyo”, explica Fernández. Ante una revelación de este tipo, recomienda agradecer la confianza, escuchar y transmitir que la persona no tendrá que enfrentar sola la situación.
Expresiones como “no es para tanto”, “tienes que ser fuerte”, “eso se te pasa” o “estás exagerando” pueden producir el efecto contrario y aumentar la culpa y el silencio. Si existe un riesgo inmediato, la recomendación es no dejar sola a la persona y activar ayuda profesional o los servicios de emergencia.
El colegio no debe esperar a que aparezca una crisis
La prevención tampoco puede recaer exclusivamente sobre la víctima o su familia. Los centros educativos deberían contar previamente con canales seguros y confidenciales de denuncia, responsables identificados, mecanismos de protección y valoración del riesgo, preservación de evidencias digitales y coordinación con las familias y profesionales de salud mental cuando sea necesario.
Las expertas también destacan el papel de los compañeros. No reenviar contenidos humillantes, no participar como espectadores, evitar culpabilizar a la víctima y comunicar tempranamente lo que está ocurriendo puede ayudar a detener la escalada del acoso.
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“Muchas veces los adultos se enteran tarde, pero los compañeros ya sabían lo que estaba pasando. Por eso prevenir el ciberacoso también significa enseñar a los jóvenes que no ser parte de la agresión implica no amplificarla y pedir ayuda cuando alguien está en riesgo”, concluye Fernández.
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