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Luisa Pastor en La Cometa, primera exposición individual de la artista española en Colombia

[FOTOS] “Trama y urdimbre: escrituras del valor”: Una inmersión poética en los libros de contabilidad, el paso del tiempo, el oro y las formas en que una sociedad registra aquello que considera valioso, en un montaje concebido como un espacio íntimo y de contemplación. Obras en las que antiguos libros de contabilidad, oro de 22 y 24 quilates y huellas del tiempo se convierten en una nueva escritura.

Hay objetos que parecen destinados a desaparecer en el anonimato de lo cotidiano. Un cuaderno de contabilidad puede ser uno de ellos: páginas cuadriculadas, columnas, cifras, debe y haber, anotaciones destinadas a registrar aquello que entra y aquello que sale. Pero ¿qué ocurre cuando ese cuaderno deja de registrar el valor y es el propio valor el que comienza a escribir sobre él?  Esta es una de las preguntas que plantea “Trama y urdimbre: escrituras del valor”, la primera exposición individual en Colombia de la artista española Luisa Pastor, que llega a Bogotá de la mano de La Cometa, coincidiendo con la temporada de ARTBO. La muestra reúne, en principio, nueve obras realizadas en 2026 y propone una experiencia íntima en torno al libro de contabilidad como archivo, tejido, memoria y territorio de transformación.

Luisa Pastor, artista española con sólida trayectoria en el arte contemporáneo y una creciente proyección internacional, cuya obra ha sido reconocida con importantes premios y becas y ha participado en ferias y exposiciones, “trae una deconstrucción del signo y del lenguaje, muy pensada,  muy racional, pero también con una profunda carga poética en sus obras”, según destaca Ana Cárdenas, Coordinadora Artística de Galería La Cometa.

Pastor lleva desde finales de los años noventa investigando las posibilidades artísticas de estos libros. Lo que comenzó en 1998, durante sus años de formación en Bellas Artes en Granada, al encontrarse unos antiguos cuadernos de contabilidad en la entrada de un anticuario, se convirtió con el tiempo en una extensa investigación sobre el lenguaje, la norma, el registro, el valor y la memoria.

Ahora, casi tres décadas después de aquel hallazgo, la artista vuelve sobre esos mismos objetos desde una nueva perspectiva: el oro.  No como simple ornamento ni como símbolo de riqueza, sino como materia capaz de convertirse en escritura y generar un nuevo lenguaje.  En sus obras, el pan de oro de 22 y 24 quilates se introduce en las páginas de antiguos libros de contabilidad y se entreteje con sus cifras y palabras. El metal atraviesa, cubre, interrumpe y transforma la escritura original hasta hacerla prácticamente ilegible. Allí donde antes había una información destinada a ser leída, aparece un nuevo lenguaje: un balbuceo visual en el que el valor deja de ser aquello que se registra para convertirse en aquello que escribe.

La operación es tan sencilla como radical: el libro que hablaba del valor termina siendo escrito por el propio valor. Y es precisamente en esa transformación donde aparece la poética de la exposición.

Cuando el valor comienza a escribir

Para Luisa Pastor, el libro de contabilidad es mucho más que un soporte. Es un dispositivo cultural que durante décadas ha servido para medir, ordenar, equilibrar y registrar. Sus líneas verticales y horizontales construyen una estructura que, observada desde otra perspectiva, guarda una sorprendente semejanza con la lógica de un telar. De ahí nace el título de la exposición. La urdimbre aporta la estructura; la trama, el movimiento. Una organiza, la otra atraviesa. Una sostiene, la otra relaciona. En esa tensión entre ambas, la artista encuentra una metáfora para hablar simultáneamente de los tejidos financieros, los tejidos sociales y los tejidos del lenguaje.

Las cifras se convierten en urdimbre. Las palabras, los signos y el oro construyen la trama. Y el antiguo cuaderno, concebido para ordenar la economía, se transforma en una superficie donde el lenguaje se desordena para revelar nuevas posibilidades.

“El libro habla del valor. Y ahora el valor es el que está hablando, inscribiéndose en el libro.” La frase de Luisa Pastor resume el corazón de una exposición en la que el oro adquiere una segunda piel y la página se convierte en territorio de memoria.

Un encuentro íntimo con la obra

La exposición ha sido concebida como una experiencia de proximidad. La sala es oscura, con las obras enmarcadas en negro y una iluminación tenue que permite que el oro reverbere sobre el papel. Las piezas, de pequeño formato, obligan al visitante a acercarse.  No están pensadas para ser contempladas desde lejos.

Luisa Pastor busca un encuentro de tú a tú: una persona frente a una obra, una página antigua frente a una mirada contemporánea, el brillo del metal frente a las huellas que el tiempo dejó en la celulosa. “Me interesa el tú a tú con la obra”, explica la artista. “La obra no es para ver de lejos, es para acercarse, para ver los detalles, para ver la huella que queda y la huella que deja el metal en el papel”. El resultado es una experiencia que apela tanto a la mirada como a la memoria. Porque cada página ya contiene una historia antes de que Pastor intervenga sobre ella.

Hay libros que conservan décadas de uso, papeles que han cambiado de color, huellas de humedad, luz y tiempo. La artista no considera esas transformaciones imperfecciones, sino paisajes.  “Hay una pintura detrás, pero no la pinto yo: la está pintando el tiempo.”

Entre las piezas hay una página fechada el 24 de septiembre de 1948, exactamente 78 años antes de la inauguración de la exposición.  No es una coincidencia.  En el universo de Luisa Pastor, el tiempo también forma parte de la obra.

Del cuaderno cotidiano a la obra de arte

En 1998, mientras estudiaba Bellas Artes en Granada, Luisa Pastor encontró unos cuadernos de contabilidad antiguos en un anticuario. Le llamaron la atención sus tapas enteladas, su estructura y, sobre todo, la posibilidad de utilizarlos como soporte para sus primeros collages.  En aquellas páginas empezó a registrar pequeños fragmentos de su vida cotidiana: un hilo, un botón, una hoja de eucalipto, objetos que materialmente carecían de valor económico. La paradoja la atrapó. Un objeto sin valor material podía ser introducido en un libro destinado precisamente a registrar el valor. A partir de ahí comenzó una investigación que no ha dejado de transformarse.

Durante su tesis doctoral, Pastor descubrió que aquellos libros aparentemente inocentes estaban sometidos a normas y estructuras vinculadas a la contabilidad. Y decidió hacer algo que se convertiría en uno de los ejes de su práctica: subvertir esas reglas.  Si el libro exigía orden, ella introducía el desorden. Si estaba destinado a una escritura legible, ella la interrumpía. Si debía cumplir una función práctica, lo convertía en un objeto poético.  El cuaderno dejaba de ser cuaderno y  comenzaba su metamorfosis.

El oro como escritura

En 2022, Pastor incorpora el oro a esta investigación. La elección no es casual. El oro aparece como una de las formas universales de valor: un material cuya significación atraviesa culturas, territorios y épocas. Pero en “Trama y urdimbre:  escrituras del valor” el oro no está allí simplemente para representar riqueza. Está para escribir.  El pan de oro de 22 y 24 quilates se superpone a las palabras, cifras y estructuras del libro. Las oculta, las interrumpe y, al mismo tiempo, genera otra escritura.  La lectura convencional desaparece y surge entonces el balbuceo.  Una escritura que no busca transmitir una información concreta, sino provocar una pregunta.  “Lo importante es entrar a un sitio y salir teniendo preguntas”, sostiene Luisa Pastor.

¿Qué encontrará el público cuando entre en Trama y urdimbre:  escrituras del valor?

Encontrará una serie de obras en las que trabajo con libros de contabilidad y con el concepto del valor. Llevo trabajando con estos libros desde finales de los años noventa y, con el tiempo, me he dado cuenta de que contienen palabras, estructuras, normas y toda una lógica de registro. Me interesaba introducir el concepto de valor dentro del libro y pensé: ¿qué mejor valor universal que el oro? A partir de ahí empecé a trabajar con pan de oro de 22 y 24 quilates. El oro atraviesa el libro, atraviesa la escritura y empieza a escribir sobre ella. Ya no es la escritura como la entendemos normalmente, sino una sobrescritura.

¿Por qué hablar de “escrituras del valor”?

Porque el libro contiene un registro y habla del valor, pero ahora es el propio valor el que escribe. La escritura se pinta con el metal y se entreteje con las palabras del texto. Eso crea una especie de balbuceo en el que la lógica del plan general de contabilidad se rompe. Y al romperse la lectura aparece otro lenguaje.

¿La exposición habla de economía?

Está presente, evidentemente, porque el libro habla de economía, pero mi intención no es hablar directamente del mercado.  Me interesa mucho más el valor desde una perspectiva poética, conceptual, cultural y simbólica.  La obra tiene un valor y, además, incorpora el valor del oro. Pero no quiero hablar del valor por el valor. Me interesa cómo se construye el lenguaje, cómo el oro pinta el texto, cómo las cifras y los signos se relacionan y cómo todo eso genera otra lectura.

¿Entonces el juego está en el lenguaje?

Sí. Si tuviera que elegir una única palabra, diría que me interesa mucho el juego del lenguaje. El balbuceo del lenguaje. Me interesan esas pequeñas dualidades que provoca el lenguaje y esos puntos de vista desde los que una palabra puede dejar de tener un solo significado y convertirse en múltiples significantes.

¿De dónde viene su fascinación por los libros de contabilidad?

En 1998, cuando estudiaba Bellas Artes en Granada, salí a pasear y me encontré con un montón de cuadernos de contabilidad en la entrada de un anticuario.  Me parecieron hermosos. Tenían las tapas enteladas y, cuando los abrí, descubrí unas estructuras que me servían para hacer collages.

Empecé a introducir en ellos cosas que encontraba: un hilo, un botón, una hoja de eucalipto. Me interesaba esa fricción entre algo que no tiene valor material y un libro que está destinado a registrar el valor.

¿Y cuándo se convirtió ese hallazgo en una investigación artística?

Con el tiempo y, sobre todo, a partir de mi tesis doctoral, descubrí que esos libros tenían muchas palabras y que estaban regidos por una serie de normas. Entonces empecé a hacer exactamente lo contrario de aquello que esas normas decían que había que hacer. Y cuando subviertes esa norma aparece la poeticidad. El cuaderno deja de cumplir su función y se convierte en otra cosa: un objeto dentro del mundo del arte.

¿Dónde aparece ahora el telar?

Me di cuenta de que el libro de contabilidad también es una especie de telar de datos. Tiene estructuras verticales y horizontales. El telar tiene trama y urdimbre. Y me pareció muy interesante relacionar esa lógica con el libro. La cifra estaría en la urdimbre, dentro del espacio del asiento contable. Pero cuando ese signo entra en relación con toda la trama que se genera, aparece un tejido social y financiero.  Me encanta la idea de hablar de economía a partir de un tejido.

¿Qué espera que ocurra cuando alguien se encuentre frente a sus obras?

Hay dos cosas. Una es la parte estética. Las obras son pequeñas porque me interesa el tú a tú con ellas. Quiero que haya una persona delante de la obra y que exista una intimidad. No son obras para ver de lejos. Son obras para acercarse y ver los detalles, la huella del metal sobre el papel. Y después está la parte de las preguntas. Lo importante es entrar a un sitio y salir teniendo preguntas.

¿Qué preguntas le gustaría provocar?

Preguntas sobre algo que nos toca a todos: el registro. El libro que registra. El libro que deja de ser una hoja para convertirse en otra cosa. El cuaderno que pierde su utilidad original y adquiere una funcionalidad poética. Me interesa esa metamorfosis.

¿Qué emoción aparece cuando está creando estas obras?

Creo que la emoción es la sorpresa. La sorpresa de cómo llegar a escribir desde un lenguaje alternativo, desde un objeto que no estaba pensado para la escritura. Cómo ese objeto de valor se convierte en una escritura a partir de una segunda piel.  Y después cada obra tiene su propia historia. Cada una encuentra su manera de romper el lenguaje y de subvertir el decreto.

¿Qué papel desempeña el tiempo?

Es fundamental. Han pasado muchos libros por mis manos, con tiempos diferentes y con distintas pátinas. A mí me encanta esa pátina porque considero que son paisajes. Hay una pintura detrás, pero no la pinto yo. La está pintando el tiempo.  La celulosa cambia dependiendo de la luz, de la humedad, de las condiciones. Esos pequeños detalles no los puedo provocar. Por eso una hoja puede ser más especial que otra.

Hay una página de 1948 que coincide con la fecha de inauguración. ¿Qué significa ese encuentro temporal?

En la exposición hay una página del 24 de septiembre de 1948 y yo inauguro el 24 de septiembre de 2026. Todo está pensado. Dejo muy pocas cosas al azar. Me interesa mucho ese juego con la temporalidad, con la huella de alguien que escribió en ese libro y con la posibilidad de que hoy alguien vuelva a escribir sobre él.

¿Qué significa presentar esta exposición en Bogotá?

Estoy muy contenta de que hayan confiado en mí para que la exposición coincida con ARTBO y, además, de hacerlo de la mano de La Cometa, donde me siento muy tranquila.  Y hay algo que para mí es especialmente interesante: trabajar durante tanto tiempo con obras en las que el oro tiene un papel tan importante y llegar a una ciudad que tiene tanto que hablar sobre el oro.  Bogotá tiene muchísimo que decir sobre ese material.  Y yo tengo muchísimo que aprender. Para mí es un reto.

Una exposición para mirar de cerca. “Trama y urdimbre: escrituras del valor” propone, en última instancia, una inversión de nuestra manera habitual de mirar.  Aquello que parecía destinado a contabilizar se convierte en materia artística. Lo que debía ser leído se vuelve ilegible. Lo que debía ordenar comienza a desordenar. Lo que registraba el valor es intervenido por el propio valor.   Y el oro, lejos de limitarse a brillar, escribe.

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En una época dominada por registros digitales, cifras instantáneas y datos que circulan a una velocidad vertiginosa, Luisa Pastor devuelve la mirada a una página de papel y encuentra allí algo que ninguna pantalla puede reproducir completamente: la huella del tiempo.  Cada página conserva a quien la escribió. Cada mancha, cada cambio de tonalidad y cada desgaste habla de una historia anterior.  La artista no borra esa historia, la cubre para hacerla aparecer de otra manera.  Quizá por eso su exposición no habla solamente de libros, oro, economía o lenguaje.  Habla de aquello que intentamos registrar para no perderlo.  Del valor que damos a las cosas, de las huellas que dejamos y de la posibilidad, siempre abierta, de volver a escribir sobre lo que creíamos que ya estaba escrito.

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