“Creo que estamos llamando pausas de hidratación a algo que, en la práctica, tiene un impacto mucho mayor sobre el juego. Tres minutos con el partido detenido son una oportunidad táctica enorme para cualquier entrenador”
Doctor Javier Bonastre
Las pausas de hidratación introducidas durante los partidos del Mundial no solo sirven para favorecer la recuperación de los futbolistas. Según explica el doctor Javier Bonastre, coordinador del Grado en Fisioterapia de la Universidad Europea de Valencia, estas interrupciones programadas pueden tener un impacto significativo sobre el desarrollo del encuentro al romper la continuidad del juego y ofrecer nuevas oportunidades de intervención táctica a los entrenadores.
Actualmente, las pausas tienen una duración aproximada de tres minutos y se realizan en torno al minuto 22 de cada parte, independientemente de las condiciones meteorológicas. Esto introduce dos interrupciones regladas que dividen, en la práctica, el partido en cuatro grandes bloques.
“Creo que estamos llamando pausas de hidratación a algo que, en la práctica, tiene un impacto mucho mayor sobre el juego. Tres minutos con el partido detenido son una oportunidad táctica enorme para cualquier entrenador”, señala Bonastre.
El experto explica que uno de los rasgos diferenciales del fútbol ha sido históricamente su continuidad. A diferencia de otros deportes, los entrenadores pueden dar instrucciones desde la banda, pero no detener el juego para reorganizar a sus jugadores.
“Uno de los grandes atractivos y particularidades del fútbol siempre ha sido su continuidad. El entrenador puede dar instrucciones desde la banda, pero no puede detener el partido cuando las cosas van mal. Con estas pausas estamos cambiando parcialmente esa naturaleza”, afirma.
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Desde el punto de vista táctico, las pausas pueden favorecer especialmente a los equipos que atraviesan momentos de dificultad durante el encuentro. Un equipo que está siendo superado por su rival dispone de unos minutos para corregir errores, reorganizar posiciones o recibir nuevas consignas técnicas.
“El fútbol es un deporte de dinámicas. Hay momentos en los que un equipo domina, encadena ocasiones y somete al rival. Una pausa programada puede cortar completamente ese momento y permitir al otro equipo reorganizarse”, explica Bonastre.
Aunque algunos análisis han detectado encuentros en los que la dinámica del juego cambió tras estas interrupciones, los datos disponibles todavía no permiten establecer una relación directa con un incremento de goles, ocasiones de peligro o carga física recorrida por los jugadores. Sin embargo, el especialista considera que su principal influencia podría encontrarse precisamente en la alteración de las dinámicas competitivas.
“Soy partidario de las pausas cuando existe una necesidad real de proteger al jugador por las condiciones ambientales. Tengo más dudas cuando se convierten en una interrupción sistemática independientemente de la temperatura, porque entonces su impacto deja de ser únicamente fisiológico y pasa a ser también táctico”, añade.
Otra de las novedades que ha generado debate es la ampliación excepcional del descanso de la final hasta aproximadamente 30 minutos para dar cabida al espectáculo previsto durante el intermedio y ampliar los espacios destinados a la publicidad televisiva.
Según Bonastre, esta decisión responde fundamentalmente a criterios de entretenimiento y explotación comercial del evento, más que a necesidades fisiológicas de los jugadores.
“En el caso de la final el descanso se prolongaría para dar cabida al espectáculo y no porque los futbolistas necesiten 30 minutos para recuperarse. Desde el punto de vista del rendimiento, incluso puede generar el efecto contrario”, señala.
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El especialista recuerda que durante los descansos disminuyen progresivamente la temperatura muscular y el nivel de activación del deportista, factores estrechamente relacionados con el rendimiento físico en acciones de alta intensidad.
“Más tiempo de descanso no significa necesariamente más rendimiento. Si un jugador permanece prácticamente 30 minutos sin competir, pierde temperatura muscular y activación y puede comenzar la segunda parte en peores condiciones para realizar acciones explosivas”, explica.
Por este motivo, considera que los equipos deberán adaptar su preparación habitual e incorporar estrategias de reactivación o “re-warm-up” más completas antes de regresar al terreno de juego.
“Después del descanso los equipos y los jugadores tendrán que modificar sus rutinas para intentar que la decisión de alargar el tiempo de descanso afecte lo menos posible al rendimiento”, concluye.
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En opinión de Bonastre, tanto las pausas de hidratación como la ampliación del descanso de la final reflejan cómo factores organizativos, comerciales y de espectáculo pueden tener consecuencias directas sobre el desarrollo competitivo de un partido y obligan a los equipos a replantear determinados aspectos de su preparación.
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