Los estudios de impacto ambiental y social no deben ser un proceso externo que consulta a las comunidades, sino uno que las incluye desde el diseño y ejecución, porque solo así se entiende la realidad comunitaria y se logra justicia territorial.
Nací en el Cabo de la Vela, en la comunidad Wayúu del ei´ruku Ipuana. Desde niña mis mayores me enseñaron a amar mi territorio. Ellas me enseñaron que la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella. Ese legado me llevó a convertirme en lideresa y gestora cultural, para servir a mi comunidad y proteger lo que somos.
Hace un año iniciamos diálogos con la empresa AES Colombia. Desde entonces hemos mantenido una comunicación abierta, aunque con retos importantes. Todo comenzó cuando la empresa realizó estudios en el territorio y señaló que el viento era favorable para desarrollar un proyecto eólico. A partir de allí se acordó una ruta metodológica con varios puntos, siempre bajo la condición de que el diálogo fuera genuino y transparente.
Hoy estamos en la etapa de la matriz de impactos y medidas. La empresa presentó su versión a la comunidad, pero de forma poco clara: con información en inglés y sin un análisis sobre la dimensión espiritual del territorio. Ante esta situación, pedimos explicaciones más comprensibles, y en respuesta, elaboramos nuestra propia matriz con el apoyo de un grupo de profesionales – ingenieros ambientales, un economista y un abogado que acompañaron el proceso desde una mirada cultural, espiritual, ambiental y social.
Hablar de impactos no es solo hablar de dinero, es hablar de la vida, de las personas, de los animales, de nuestra conexión espiritual con la tierra. Por eso las medidas para prevenir, mitigar, reparar y compensar deben responder adecuadamente a los efectos que estos proyectos generan. Asimismo, la compensación, cuando aplique, debe ser justa y proporcional al valor del territorio, y contribuir a mejorar la calidad de vida de nuestras comunidades.
La situación se tornó más interesante desde que Ecopetrol se unió al proyecto junto con AES Colombia y acogió los hallazgos de nuestra matriz comunitaria. La discusión es amplia, y nuestros mayores tienen un papel esencial. Recuerdo las palabras sabias del abuelo Cayetano Ipuana: “A esta tierra la vienen a enamorar muchos alijunas (personas no Wayuu). Si la van a enamorar, se le debe valorar por lo que ella vale” .
He escuchado también las voces de otras comunidades que enfrentan procesos similares. Muchas empresas se quejan de las demoras en las consultas previas o los conflictos sociales, pero pocas reconocen las causas profundas: la falta de información clara, el irrespeto por los tiempos culturales y la ausencia de un diálogo verdadero.

Recientemente tuve una experiencia transformadora en Brasil en un intercambio cultural como participante del diplomado “Diálogo intercultural, energía eólica y participación comunitaria” donde conocí a la comunidad Mendonça–Potiguara; compartir con otros pueblos indígenas me permitió entender que la tierra es un ser vivo que respira con nosotros. Escuchar hablar de los ríos, los animales y las luchas por la vida me hizo sentir que la naturaleza es nuestra familia. Aunque somos de territorios distintos, compartimos una misma causa: proteger la vida y la identidad cultural.
La fuerza y la resistencia de las comunidades indígenas brasileñas que, aun sin reconocimiento oficial se siguen defendiendo, reafirma que la dignidad no se negocia. En las ceremonias y danzas compartidas sentí que nuestras espiritualidades, aunque distintas, laten al mismo ritmo. Entendí que el diálogo es el camino y que la esperanza se construye en comunidad.
De esa visita aprendí algo clave para La Guajira: los parques eólicos no son solo proyectos de energía. Son decisiones que afectan la vida, la espiritualidad y la cultura de nuestros pueblos. Por eso, la transición energética debe ser también una transición justa, donde las comunidades no solo asuman los impactos, sino también participen de los beneficios sociales, ambientales y económicos definidos con ellas y para ellas.
En La Guajira tenemos el viento, el sol y la sabiduría ancestral. Queremos ser parte del futuro, sin perder nuestras raíces, que los proyectos lleguen, sí, pero con acuerdos colectivos. Porque una transición energética sin justicia social no es una verdadera transición, es otra forma de despojo.
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Cuando las empresas construyen matrices de impactos incorporando el conocimiento local de las comunidades, se configura un nuevo modelo de gobernanza energética desde el territorio. Escuchar a las comunidades no es una concesión, es el primer paso hacia un país más justo y con energías que construyan dignidad.
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Por: Marlene Rosado
Lideresa Wayuu Del ei´ruku Ipuana,
comunidad Paacky Jeketumana Uribia, La Guajira
